Vivo en un apartamento del piso 14, donde puedo ver el sol
ocultar su mirada.
Vivo en un castillo donde un príncipe no puede trepar a
rescatarme.
Vivo en un espacio donde solo entra quien se atreve a querer
conocer mi mundo.
Mi sala es una galería de arte hecho por mi madre.
Mi cocina un monumento desastroso creado por mi abuela
Y que te digo de mi baño, si lo comparto con mi hermano.
Mi shampoo misteriosamente se acaba rápido y mi hermano sale
de la ducha oliendo a chocolate.
Si guardo algo en mi refrigerador tengo que ser consciente
de que dejo de ser mío y se volvió comunitario.
Cuando no encuentro una blusa mía, siempre reviso los
cajones de mi madre ya que a veces se le da por coger mis cosas. Y para que
digo a veces si eso pasa todos los días.
Mi casa no huele a flores, más bien es un mar de pelos de
gato y huele a pañal de un bebe de metro sesenta.
Aquí las cosas se hacen solo de una manera y es como a cada
uno le de la gana.
Vivimos en una casa sin hipocresías. No vendemos la familia
perfecta, ni intentamos mantenerla como charola de porcelana.
Mi mesa esta rayada de plumón y mi cuarto pues a fuerzas un
pintor quito mi arte histérico de 15 años.
En mi casa pueden faltar muchas cosas, pero hay algo que
sobra y es amor para quien quiera entrar.
Podemos no tener para nosotros pero siempre tendremos un
plato para quien lo necesite.
Mi casa no sería mi hogar sin esos detalles que me vuelven
loca, como la pasta dental en todo el lavadero, mi jabón de cara tirado en el
suelo de la ducha, mi taza favorita llena de la gaseosa de mi hermano.
Mi balcón es el guardarropas de la familia y mi porta cuchillos
un balde viejo de kfc.
Mi casa es perfectamente imperfecta, pero es mi casa y es el
único sitio donde siempre encuentro paz.
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